Hay un mal no reflexionado, pero silenciosamente aprobado. La ausencia de reacción ante el sufrimiento de las camareras de piso, el negarse a comprendernos, es anclarse en la ceguera moral.

La destrucción de la vida de un extraño sin la menor duda de que cumples con tu deber y de que eres una persona moral, es maldad. Cuando un hotel se rinde o se entrega completamente a esa maldad, cuando solo teme la incompetencia y quedar rezagado respecto a sus competidores, cuando ni por un momento duda de que las personas no son más que unidades estadísticas, cuando la excusa es “ nada personal, solo negocios”, ha perdido toda sensibilidad moral.
En la ceguera moral -elegida, autoimpuesta o aceptada con facilidad- es necesario devolver la dignidad, la idea de la esencial inconmensurabilidad de los seres humanos, no solo a los grandes de este mundo, sino a los extras de la multitud, al individuo.
El concepto de “insensibilidad moral” denota un tipo de comportamiento cruel, inhumano y despiadado, una postura ecuánime e indiferente hacia las pruebas y tribulaciones de otras personas. El tipo de postura resumida en el gesto de “lavarse las manos” de Poncio Pilato.


Algo anda mal en el compañerismo humano. En nuestra sociedad fuertemente individualizada, donde se considera que cada individuo ha de asumir la plena responsabilidad de su destino, sugieren la incompetencia del que sufre frente a las acciones de otras personas, evidentemente más exitosas, que parecen triunfar gracias a su mayor destreza y aplicación. La incompetencia sugiere inferioridad, y ser inferior y ser considerado como tal es un doloroso golpe a la autoestima, la dignidad personal y el valor de la autoafirmación.


Pues si no somos nada, seámoslo todo. ¿Queréis de verdad que lleguemos ahí?¿ No es preferible llegar a acuerdos antes de que nos unamos y paralicemos la gallina de los huevos de oro? Porque lo haremos, y de nada os servirán vuestros elegantes uniformes, vuestros idiomas, vuestra arrogancia. Cuando las camareras de piso bajemos los brazos y enderecemos la espalda, cuando de frente y en silencio nos halléis, temblad, porque carecemos de suplentes: buscareis y no hallaréis, y el caos se instalará, con pérdidas económicas de incalculables proporciones. No deis lugar a esto. Cuando la multitud se unió el 14 de Julio de 1798, Luis XVI, rey de Francia, escribió una sola palabra en su diario: Ríen. Ese día la risa se le fue a él, porque la plebe venció y tomó la Bastilla. Tomaros en serio nuestras peticiones, nuestro colectivo está gritando auxilio, y cuando un colectivo sufre, muerde.

Esther Salinas. Algunos fragmentos están interpretados de la Ceguera Moral de Zygmunt BAUMAN.


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