Existe un comportamiento en las camareras de piso que al resto de plantilla confunde e incluso irrita. Son nuestras risas frescas, explosivas y alborotadas.
Cuando un ejército se prepara para la batalla no lo hace en quietud ni en un estado de meditación. ¡No!, levantan puños, dan palmas y gritos, para fortalecerse y animarse.

No somos histriónicas, bajeras, maleducadas, analfabetas, ignorantes ni vulgares, somos el ejército de guerreras que se preparan para la batalla diaria, y cuando nos faltan las fuerzas, nos convertimos en capitanas, y nos inyectamos adrenalina a mitad de la jornada, cuando nos abatimos, exhaustas.

Entonces, nos miramos al espejo, y nos decimos: “¡Tú puedes, cariño! ¡Ánimo, campeona!
¡Ya solo te quedan seis, vamos, no te rindas! Nos golpeamos los muslos, apretamos los dientes y seguimos”. Y en te punto, las que todavía carecen de experiencia, lloran desconsoladas, porque el cuerpo no les responde, y es aquí donde por primera vez hacen uso de ese
componente que las dota de nuevas fuerzas, la adrenalina.

Por eso, al llegar al vestuario después de terminar la jornada, seguimos con risas desbordantes o en el peor de los casos, gritos atropellados. Es el efecto que aún perdura, tanto de la adrenalina, como de los antiinflamatorios pero no nos habéis visto en la soledad ni en las sombras. Nos duelen los brazos, la espalda, tenemos la boca seca, la vejiga llena y la cara demacrada.

Cuando llegamos a casa, y el nivel de la poción mágica desaparece, nos convertimos en zombis que deambulan haciendo la compra, y dan vueltas por la casa, agotadas. Cuando nos sentamos no podemos levantarnos, nos acostamos con nuevos cardenales de tantos porrazos,
con lumbalgias dolorosas y tendinitis en los brazos.

Esther Salinas


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